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Condiciones prevalecientes

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Por: Alejandro Palmieri Waelti

Yo no soy supersticioso, pero por si las moscas, no paso bajo escaleras. Me digo que es por prudencia, pues puede caer una cubeta de pintura o algo así, pero en el fondo, mi superego freudiano sabe que es por creencias sin fundamento.

La astrología siempre me ha parecido entretenida, pero sin base alguna. Sea el zodíaco (soy Aries), horóscopo chino (Conejo de madera por el año de mi nacimiento) u horóscopo maya (9 Tijax), todos ellos dan características generales de personalidad y pretenden predecir lo que a uno le puede pasar en el futuro. ¡Pamplinas! si me preguntan. Me rehúso a creer que la posición de los astros en el momento del nacimiento lo predestina a uno para tal o cual cosa. Creo que uno es responsable de lo que le pasa a uno en la vida, por capacidad o por estupidez. Habiendo dicho eso, no puedo negar que el entorno familiar, amistoso o ambiental sí influye en uno, sus pensamientos y emociones. Uno es producto de su entorno y eso lo hace reaccionar a los eventos y situaciones de manera distinta a como lo haría alguien más con otras circunstancias.

“Creo que uno es responsable de lo que le pasa en la vida, por capacidad o por estupidez”.

Toda esa perorata sirve de preámbulo para mi siguiente reflexión: confieso que las condiciones prevalecientes, no solo atmosféricas sino en el ámbito nacional ha tenido efecto sobre mí, estos últimos días. Días grises y lluviosos; confrontación, sesgo y polarización en el ámbito político y social. Para más fregarla, el otro día entré a una excelente librería en un centro comercial de la zona 10 y pasé por la sección de narrativa y literatura guatemalteca y vi pilas enormes y estanterías llenas de libros que hablan mal de Guatemala.

Evidentemente, hablar mal de Guatemala es rentable. ¡Qué desgracia! ¡Como para que uno quiera a su país o como para que en el extranjero vean a Guatemala de lo peor! Por supuesto que no estoy diciendo que se deban “invisibilizar” los problemas o que al no tratarlos y discutirlos vayan a desaparecer, pero francamente, no veo cómo hablar mal del camello como se suele decir va a resolverlos, va a traer prosperidad o va a lograr la armonía y unidad nacional.

Más bien, estoy convencido que la gran mayoría de autores que allí vi pretenden lucrar individualmente con la desgracia colectiva. ¡Y me reservo el decirles qué tendencia ideológica tienen dichos autores, pero estoy seguro que ustedes pueden adivinarlo! Si lo que nos rodea afecta nuestra perspectiva hacia las situaciones, ¡cómo no va a haber rechazo a la política, a la vida cívica y hacia el mismísimo país con tanto papel y tinta negativa! ¿Así queremos que las nuevas generaciones se entusiasmen por su país? Yo no sé si esa terrible costumbre nació en la colonia cuando los primeros colonos les decían a sus parientes en el viejo mundo que acá todo era feo, que todo era muy difícil y que mejor no vinieran, con la intención de quedárselo todo ellos, pero el actuar de muchos da cuenta que esa actitud sigue vigente.

 Yo, por mi lado, trato de construir, de aportar y de enaltecer, pero estoy consciente de la llamada Ley Campoamor: “En este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según el color, del cristal con que se mira”. Y usted, ¿quiere ver las cosas mal o prefiere ser positivo? El clima no lo podemos controlar, pero si nuestra actitud y las “vibras” con las que nos rodeamos. Aporte, no descalifique; cree, no destruya; quiera, no odie; Pero por el amor de Dios, ¡si no ayuda, no chingue!